Nuestro reencuentro

“And then, in time, my little dream.

 

Hawk and I are walking among a crowd in near darkness. I am a little concerned for him because I want him to be good. He can hardly move among the people in the crowd but he pays them no attention. He is close to me, he is calm, utterly familiar, he is my handsome boy, my good boy, my love. Then, of course, I realize that these are the dead and we are both newly among them.”

Joy Williams, Hawk

 

Para Ayrton

Ayer les di un ejercicio a mis alumnos del taller de los martes que consistía en escribir un texto que tuviera la presencia de un animal. Joy Williams dice que, para bendecir un cuento, hay que incluir un animal entre los personajes. En su caso, son casi siempre perros. La primera vez que adopté uno, llegó como un regalo de trescientos pesos en el momento indicado. Le puse Berlín. Fue en el año 2011. Yo estaba haciendo terapia con una psicóloga que sostenía que los perros habían llegado a mi vida para derretir mi corazón. Me gustó escuchar eso. Los primeros meses, me costaba dejarlo solo hasta el punto de dejar de salir de casa para que no me extrañara, o para que yo no lo extrañara a él. A mí me gustan las personas, pero con Berlín entendí que la relación entre un ser humano y un perro era la forma de reflejo más fiel a la que podía sujetarme.

Siempre fui muy hábil para la desconexión. Me cuesta sostener un vínculo en sus instancias de incomodidad. Todo lo que puede traer de dolor y palabras no dichas a veces me hace querer escapar. Por bastante tiempo, me manejé bajo el mando de un posgrado que heredé para desconectarme y salir de una relación cuando las cosas no eran como yo quería. Es el diploma más inútil que te da la sobreadaptación y que, para peor, me llevó bastante lejos. Estar conectado de verdad es de las cosas más difíciles de la tierra, y quizás lo único que se requiere para que un vínculo pueda crecer como me interesa. Es como mirar a la nada. La idea de la fe surge de ahí, pero quisiera pensar que en mi caso es más parecido a cómo funciona con los perros, que fueron lobos, coronados por la intuición. Una seguridad impalpable que corre o no.

Berlín es un terrier con pelo duro y blanco con una mancha negra en el lomo que tiene forma de corazón. No tenemos una relación perfecta, pero es con el ser vivo que más tiempo puedo sostener la mirada. Considero éste un ejercicio importante para medir las conexiones, uno que siempre jugamos en forma de chiste cuando conocemos a alguien. Con Berlín dominamos el juego como campeones sin batallas. Esta semana me di cuenta de que se comporta de una manera irreconocible cuando me desconecto de él. No es de posesivo. En tiempos de COVID, pasamos tanto juntos que si estoy cerca suyo sin registrarlo por una buena porción de horas, le duele y pierde un poco la forma. No quiero desconectarme de los vínculos que voy armando porque siempre fui demasiado hábil para eso, y uno no puede regocijarse únicamente de sus virtudes.

 

Hoy a la mañana me enteré que se murió uno de mis dos perros. Se llamaba Ayrton y no pude estar cerca suyo en ese momento. Lo bauticé Ayrton por el corredor y aunque tardó bastante en reconocer su nombre como propio, era el perro que más rápido corría en el campo, pegando saltos de canguro para aparecerse por arte de magia entre la alfafa crecida, simulando un bichito genio de videojuego. No pude cuidarlo de la manera exagerada que lo hago siempre, enterrarlo, llorar mientras tocaba su último calor. Murió de una forma horrible: como guerrero, peleando. Supongo que no es una muerte tan terrible para un perro y peor les sienta la enfermedad. Hace tiempo que me pregunto por qué los perros tienen cáncer, si es culpa nuestra. Me asusta googlearlo.

Cuando nació Ayrton todos esperaban un Jack Russel blanco y bigotudo, pero salió un ratón negro con manchas blancas y bastante feo olor. Siempre tuve la idea de ser la oveja negra de mi familia y fue así como no dudé un segundo en quedármelo. El objetivo se convirtió en un capricho, no podía controlar las ganas de que fuera mío, sin medir las consecuencias de asumir una responsabilidad enorme. En mi familia, ya teníamos a Berlín que nunca rompió nada. Ayrton llegó para romper, casi al mismo tiempo que me embarqué en un camino hacia mi flexibilidad, pero mucho más adelantado que yo. Su falta de educación me hacía enojar. Tuve la noción equivocada de que primero se tenía que ganar mi corazón. Él entendió eso como otro juego. Ayrton empezó a elegir con precisión exquisita las cosas que decidía destrozar. Compré una alfombra blanca, peluda y bastante cara. Ayrton encontró en ella, su lugar favorito para vomitar. Tenía un estómago sensible, pero cuando lo veía correr en el campo, parecía una criatura más fuerte y salvaje que el viento. Le ganaba a todos. Cada libro que entraba a mi casa, Ayrton lo hacía pedazos. Uno de Sophie Calle bastante caro fue con el que más me costó perdonarlo. A los pocos meses de vida, Ayrton aprendió a pararse en dos patas. Parecía una suricata y como nos reíamos mucho de esa destreza, empezó a hacerlo todo el tiempo como los niños repiten sus chistes hasta el agotamiento. Cuando entraba al baño a hacer pis, Ayrton se metía en el baño conmigo y se paraba en dos patas para hacerme reír desde la mañana. En momentos en donde no tenía tanto amor para dar, él lo seguía exigiendo, rascándome la pierna con su pata para que lo acariciara. Me molestaba que hiciera eso, pero siempre terminaba ganando. En su último día, Ayrton perdió una batalla con perros salvajes pero ganó una más grande y por eso quiero darle las gracias.

Hace unas semanas, empecé a imaginar el momento en donde la cuarentena se terminara y me reencontrara con Ayrton de nuevo. Primero se olerían con Berlín. Ayrton le lamería de manera enferma las orejas como diciéndole te quiero. Berlín le gruñiría como un fóbico, mientras se acercaría más y más a su cuerpo chiquito de ratón, pidiéndole que siguiera porque la forma de pedir amor de Ayrton es torpe, desenfrenada, pero irresistible. Después, vendría a mí con la lengua afuera, jadeando torpe y acorazonado. Esa lengua que era más grande que todo su cuerpo sucio, con feo aliento, agitado, amando la vida y sin miedo a pedir amor. Berlín fue siempre el perro que absorbió todo lo que sucedía en nuestra casa. Ayrton era el que solo le interesaba divertirse, escoltado por un aura de música reggae como diciendo “dale, juguemos que es lo importante”. No tuve nunca dudas de ese momento de reencuentro como uno muy feliz. Esa certeza es la forma más primitiva y libre de la incondicionalidad.

Hace unos días hablé de él y mientras miraba a su hermano Berlín, mi otro perro, tuve un mal presentimiento de que Ayrton podía morirse en un accidente. Y entonces me di cuenta de que, con su muerte, había algo más que el final de nuestro reencuentro. Con su último aliento, quizás, recibí la señal de que podía correr algún peligro inevitable de criatura mal domesticada. Ayrton se fue y me dijo: “estás conectada”. Los perros siempre te enseñan algo, yo nunca tuve que enseñarles a los míos nada.


Un par de medias nuevas

Foto: Julieta Cabrera

“Grief became both an act of submission and of resistance — a place of acute vulnerability where, over time, we developed a heightened sense of the brittleness of existence. Eventually, this awareness of life’s fragility led us back to the world, transformed.”

Nick Cave, The Red Hand Files

Mientras la idea de la muerte se hace luz entre la vida, todavía me inquieta ver lo poco que la integramos a nosotros. La muerte es ese lugar en donde nacen los brotes de una vulnerabilidad. Un halo de desesperación por contacto humano fue nuestro primera forma de resistencia. Ahora, entiendo, está más calmo o más harto. En un punto, eso puede ser la misma cosa. Estamos compartiendo una depresión: esa es la primera forma de verlo. Lloro: el que se deprime no puede amar. Después, trato de pensar que solo estamos yendo más despacio y que ir más despacio es una forma de estar presente. Hoy conversé con un amigo sobre las tortugas. Aprendí que son una especie monógama y vi un video de dos tortugas copulando. Hacen un gemido increíble que puede poner de buen humor a cualquiera. Mientras miraba el video en YouTube, pensaba: ¿cómo hace la hembra para sostener el caparazón del macho? A él tampoco le debe resultar fácil penetrarla con el caparazón de ella. El amor real es un poco eso también, sostener el hogar del otro sin interferir en su propio deseo.

 

Cuando el coronavirus hizo su primera noción de alerta en mi país y todos nos tuvimos que guardar, llegué a pensar cosas horribles como: “bueno, descartar algunas mentes retrógradas que aún se aferran a ideas antiguas puede ser una forma de limpieza”. Qué frase de inmortal. Al final, esa cabeza era la mía. Hoy, después de más de sesenta días en cuarentena, los inmortales me interesan poco. Los veo frágiles, como esa idea fría que tuve al principio para cubrirme del manto de una pandemia.

Lamento mucho tener un juicio sobre la muerte y espero haberlo dejado atrás. En ese momento, no me sentía tan vulnerable como ahora. La vulnerabilidad puede ser un sentimiento sin drama de por medio, te puede dejar el cuello duro un rato pero después pasa. El miedo también se digiere. Cada fantasma que aparece en mi cabeza en cuarentena, se queda un rato haciendo su curso y al estar sola, no me queda otra que atravesarlo. Es fascinante salir de un pozo por sola y ver la luz. Las mentes más jóvenes me seducen hasta el punto de que la gente grande me aburra. Soy hija menor en una familia en donde todos siempre fueron demasiado grandes para jugar conmigo. En esa desgracia, aprendí a jugar sola muy bien y hoy lo hago en forma de documento de Word a la noche, mientras escucho una playlist que se llama jazz of the new century. El capitalismo también es responsable de mi amor por lo nuevo, que a veces se siente tan inmortal como cuando me calzo un par de medias recién compradas. Qué sentimiento hermoso, pero cuán lejano de la sabiduría. La sabiduría, para mí, tiene algo de lo artesanal.

 

Aprender a quererse también es un trabajo artesanal en el que me sumergí hace demasiado poco. En su mapa satelital, puedo distinguir esas zonas sólidas y solo pisar el charco. Siempre me da más vertigo cuando un avión sobrevuela el agua en vez de la tierra: es el deseo de nadar en lo oscuro y el miedo a no mantenerme a flote. Por momentos, no creo más en la forma. Las novelas me aburren y leo como si estuviera preocupándome solo por subrayar, como cuando clavás la mirada en los espacios vacíos del cielo para encontrar una estrella fugaz. Esa es la razón por la que me gusta fumar. De repente, solo estoy inhalando un aire oscuro y sacarlo de mis pulmones depende de una sola cosa que parece fácil, pero es difícil y reveladora: habitar el presente. Ese lugar donde los árboles pelados siguen moviendo sus ramas con el viento y puedo estar ahí, en el movimiento de las cosas que suceden. En cuarentena aprendí que ese movimiento es lento y hasta pausado, pero firme como una roca inmensa en el fondo del lago. Las personas mayores tienen esa forma de transitar la vida. Mi abuela no creyó nunca en la pava eléctrica, ahora yo tampoco. Esperar que el agua hierva en el fuego hace mi café más rico, y la tostadora eléctrica endurece el pan sin hacerlo crocante como me gusta. Desacelerar es crecer, y no tiene nada de malo un par de arrugas nuevas.


Gracias, Shameika

 

Ahora para conectarme conmigo tengo que desconectarme. Se llama modo avión. Hoy Fiona Apple sacó un disco nuevo y como supo ser la materia prima de mi educación sentimental, rota y herida, sentí el impulso de olvidarme de todo. Pasar encerrada tanto tiempo aumenta mi miedo a dejar de existir pero hoy no me importó. Pude ver cómo el hartazgo que nos abraza a todos, me llenaba de ansiedad y más ganas de vivir de otra manera. Entonces dije: basta, por favor, basta. Veo por Twitter que no soy la única. No sé si eso es mejor o peor pero ni dormir me salió bien. Hice quince minutos de ejercicio y me calmé un poco, decidida a dejar para otro día las cosas que tenía que hacer porque no hay nada que haga mejor en el mundo que hacer lo que quiero, y me di cuenta que a veces se puede. Entonces me puse el propósito culposo de dedicarle el día a Fiona Apple y escuchar lo bueno de lo que se le ocurrió. Sus canciones siempre me dejan medio descolocada porque son como el amor: no entendés del todo lo que está diciendo pero te toca de manera trascendente. Esa manera de apretar los dientes. No es que Fiona Apple nos engañe o se esconda. Ella es eufórica, polémica, una flor rara y azul en un jardín. Un cementerio lindo, lleno de animales.

 

Me desperté perturbada por las pocas horas de sueño y para pelear esa tristeza, me puse a leer las letras de cada tema que compone el disco, mientras su voz entraba con pianos y tambores. Enseguida supe que la había extrañado un montón, pero sin la preocupación de cómo podía volver. ¿Cómo vamos a volver nosotros al mundo cuando termine la cuarentena? Cuántos tambores, pensé. Me sorprendió lo segura que estaba. Ni cuando pone su voz de niña diabólica se le podía escapar todo lo que había crecido. Ese recorrido con los ojos bien abiertos de una mujer con espalda grande, bastante escuálida pero fuerte. Seguía jugando, haciendo chistes. Elevando la idea de lo que significa el dolor, o mejor aún: interesada únicamente en el enojo.

Fiona se había alejado hacia un lugar mucho más crudo, estaba más allá del desierto. No podía dejar de pensar que el disco lo había grabado en su casa. La imaginé con el pelo desarreglado, alguna crema en la cara. Comiendo una hamburguesa vegetariana en remera y bombacha y con la mano. Me la imaginé triste, frustrada, emocionada. Conviviendo con un perro. Fiona en cuarentena, y lo triste me pareció hermoso.

El disco es increíble y está ahí, en Spotify, a la vista de todos. Diciendo cosas como que quiso intentarlo con alguien y se quedó sola en ese deseo, que no tuvo ganas de ir a la comida con ese otro, y que no pensaba callarse tampoco. Habla de su muerte y, como siempre, de los lugares equivocados que la hacen más potente y retorcida. Varias escenas fabricadas con tambores me llevan directo a una discusión en pareja. Siempre me pasa eso con Fiona. Ella habla del caldo que nadie menciona y cómo éste duele. ¿Por qué nadie cuenta cómo se enoja? A veces siento que al enojo se lo disfraza más de humor que al dolor. Tenemos miedo de volvernos feos y de esa manera, acabamos siendo horrorosos entre nosotros. Desde esa forma descarnada y sin aún tragarse la bronca, Fiona Apple arranca su nuevo disco pidiendo que la amen.

 

Me sirvo un café bien cargado y mientras éste humea un aroma increíble a otoño, llevo la computadora a la mesada de la cocina y no puedo parar de escribir lo que amo a Fiona Apple como una nena excitada. Le pego a las teclas de la computadora como si fueran sus tambores y me emociono un montón. No quiero perder tiempo ni en bañarme porque quiero ir con Fiona a todos lados. Suena desprolija, desquiciada, sexy, suave. Retumba y se enoja. Te grita como interpretando ese enojo, esa pelea. Suenan miles de Fionas en una sola canción. Después, le pone ironía y termina siendo más inteligente que todos sin saberlo. Por eso todavía valora a Shameika, o en realidad se siente orgullosa de haberla escuchado en el momento justo.

Dos personas juntas generan cortocircuitos. Eso es una pareja. Algunos chispazos son como el crepitar del fuego y otros pueden electrocutar a alguien. Siempre dejan algún desastre. Suenan ladridos de perros desde los parlantes y el café está listo. Berlín, mi perro y compañero de cuarentena, me da la razón. Le encanta la música que sucede hoy en la mañana. Mueve la cola y me sigue a ver qué hay de rico. En el disco hay un himno que se llama Ladies, en donde le habla a las próximas novias de su ex como hermanas. Desde un espejo retrovisor mira todo lo que deja y le escribe a todo lo que quedó. Observa la escena del crimen con la distancia justa y desde ahí, nos dice que ningún amor es reemplazable. Complacer, querer gustar, toda esa energía mal dirigida no la quiero en el mundo nuevo y a Fiona parece no interesarle tampoco. Eso siempre la mantuvo cerca del rock y desde mi escaso conocimiento intelectual acerca de la música, la siento más gruesa y más rockera que antes.

 

El enojo es una forma de potencia creativa tan grande que no entiendo el temor que viene de la mano de sentirlo y hacerlo libre. Algunas melodías son ansiosas y al segundo se calman con una locura poco creíble que yo también padezco. Después le pega a los tambores como quejándose de algo que está mal y nadie le está prestando atención. Y tiene razón: hay que mirar por ahí. El año pasado hice mucha terapia y aunque este año sea el abanderado de la transformación del mundo, el año pasado también fue una revolución para mí. Me pasó de todo. Me casé, viajé, volé con Frank Ocean por las calles de Barcelona, estuve perdida en un aeropuerto, vi nevar en Finlandia, me robé un libro, escribí otro. Caminé a las cinco de la mañana por una autopista en Miami hasta llegar al mar, perdí cincuenta euros en la calle, tuve resaca, comí comida rusa por primera vez y fumé un montón. Conocí el viento caliente del noreste argentino que te condensa los pensamientos como si fueran coágulos. Tuve frío y calor. Me depilé en el baño de un centro comercial de Trelew y lloré en un hotel. Esquié montañas, vi una avalancha, comí pollo después de más o menos veinte años para no herir los sentimientos de un cocinero en los Alpes. Durante todo el año me permití pensar “¿cómo es que puedo sentir tanto?” y no odiarme. Conciliar una amistad con mi intensidad parecía un ejercicio imposible. Un viaje que recorro todos los días y me doy contra la pared incluso encerrada en cuaretena, pero sé que puedo. Siempre a la mañana me despierto sabiendo que no es tan grave, que las cosas cuando se pierden en un momento dejan de doler. Me pongo ansiosa por lo que viene pero después trato de enfocarme en lo que está pasando. Mientras, sigo esperando lo que todavía no existe. Hablo sola en idiomas diferentes y tengo la suerte de poder abrazar a un animal peludo que es puro instinto. Pongo play al nuevo disco de Fiona Apple y me llega el recuerdo del viento dándome en la cara camino a terapia en un Cabify. Era otoño. El aire ya empezaba a enfriarse y mi cara caliente no podía saber lo que era el frío. Cuando llegué, me puse a llorar como si quisiera provocar una inundación. Fueron unos meses que lloré todas las sesiones, hasta que el odio hacia mí se pudo hacer tan visible que mi terapeuta probó un ejercicio nuevo. Me pidió que me parara en el medio de una alfombra circular que había en la sala y jugara a interpretar la persona que más admiraba en el mundo. Dale, me dijo.

Yo estaba rígida como una taza y no podía hacer nada más que romperme en el llanto. Imposible enumerar las veces que dije no puedo, hasta que empecé a gritar todas las cosas buenas que tenía. Mis ideas son fantásticas, dije. Hay otro planeta en mi cabeza que es enorme e inabarcable. Puedo escribir hasta que la computadora me tenga que decir basta y seguir escribiendo en el papel sin cansarme. No tengo agotamiento mental muy seguido, disfruto de mi cabeza y quizás eso sea suficiente. En un momento, me puse a gritar como si fuera mi propia Shameika: “¡tengo un don!”. No sé bien qué significa eso, pero ahora lo asumo como un momento de encuentro con mi propia voz, sin miedos. Torpe y llena de humor. Algo que siempre intenté apaciguar y ahora me salva del fuego del encierro. El humor es indispensable, pero primero está bueno enojarse.


Querido amigo de YouTube

* para leer este texto recomiendo darle play a su fuente: https://www.youtube.com/watch?v=dZOVY5DUPyI

 

Querido amigo de youtube,

El mundo está cambiando y siento la responsabilidad de ser parte de su transformación. ¿Viste que ahora salud es amor? Para el próximo mundo quiero abrazar la idea de que soy una persona romántica. Una vez me lo dijo una amiga de la facultad y me sentí frágil. Enseguida me pregunté si no estaría siendo una desbordada. Siempre fui la primera en desnudarme así que cuando escuché eso, empecé a dedicarme a controlar un cierto grado de frialdad para mantener la forma de mi envase. Te sorprendería ver lo bien que resisto las bajas temperaturas. En el mundo anterior solía estar orgullosa de esas habilidades a las que me ponía a prueba.

Ahora abrazo este volcán llamado cuerpo y todo se calma. Bailo y respiro con conciencia para no olvidarme que vivo en un país en donde sale el sol la mayoría del tiempo. Eso es una fortuna. Cuando era chica y veraneaba en el mar, tardaba un tiempo en encontrar el impulso físico de lanzarme hacia las olas. Me gustaba mirar el horizonte desde la orilla y quedarme quieta un buen rato. Por el efecto de esas olas muriendo en la arena húmeda, mis pies se empezaban a enterrar más y más, ola tras ola. Me imaginaba que mis pies eran raíces. Trataba de pensarme fundida en el planeta siendo parte de una misma cosa. Esa es la única forma real donde no existe la soledad.

 

Me permito llamarte amigo porque tu video me acompañó en una tormenta. Cada vez que llegaba a casa tarde en la noche, le daba play y lloraba mientras veía el auto avanzar por la pantalla. Trataba de descifrar algo de tu mirada en el espejo retrovisor, pero te hiciste cargo de esconderla y eso está bien: a veces me olvido que en internet también circula el peligro. Recuerdo esas noches en donde podía sentir mi cuerpo hervir mientras dejaba correr tus imágenes, sosteniendo todo lo que sentía gracias al loop maravilloso que corre mientras el auto avanza por túneles y autopistas lluviosas. En tus viajes en auto también era de noche.

El día que terminé mi libro (se llama Los lugares equivocados y se iba a presentar el día que arrancó la cuaretena) me desperté a la mañana en una casa en Tigre. Me preparé un café, hice tostadas con manteca y miel, y me senté a mirar tu video a ver si salían esas últimas palabras que se resistían al papel. Igual que cuando alguien te encuentra la mirada en una fiesta y con el mismo nivel de misterio que los caracoles guardan el sonido del mar en su interior, las palabras salieron gracias a tu video.

En las imágenes puedo ver que estuvo lloviendo bastante por ahí, que recorriste miles y miles de autopistas por Austria escuchando en loop la parte de una canción que picotea gargantas sensibles. A mí también me encanta esa canción, en especial esa parte. Al parecer, no somos los únicos. A mi amiga Macarena le duele en el alma cuando la canta en algún karaoke. Una vez hicimos uno en una plaza. Era de noche y teníamos un micrófono. Todavía guardo ese registro en el teléfono y en estos días recurro a los recuerdos un montón. La nostalgia pasó a ser el afuera. Eramos un grupo de amigos, había cerveza, un micrófono y esa parte de esa canción. En ese entonces todavía no sabía nada de tus viajes en autopistas, pero quizás estabas filmando uno de esos recorridos al mismo tiempo que nosotros cantábamos la canción. Fue una noche maravillosa en donde mis amigas me acercaban magnolias de los árboles. El aroma era increíble. Por momento hacíamos contacto de miradas con alguno de mi alrededor como diciendo “mirá, llegó el verano y de estas noches nos esperan muchas otras.”

Me cuesta creer la complejidad de escuchar esta melodía tan cálida mientras la lluvia mojaba el asfalto sobre Austria y vos apretabas el acelerador. Me pregunto hacia donde te dirigías en cada uno de esos trayectos. Si estabas solo o acompañado de la manera correcta. El video tiene el movimiento del auto, la oscuridad de la cabina, los sapitos bailando para despejar la vista. Lo único que queda en el video es mirar hacia delante y sentir que es como dar vueltas en círculos. Y preguntarse si nos duele de la misma manera.


El abrazo del futuro

Foto: Benjamín Domenech

“You must stop worrying about why things happen and wonder what they mean when they do.”

Joy Williams, The Changeling

“What deranged and divided us a month ago seems, at best, an embarrassment from an idle and privileged time.”

Nick Cave, TThe Red Hand Files

“abrazo
Learn to pronounce
Acto de rodear con los brazos a alguien”

Google

A la vista de todos: las redes sociales con precios increíbles y lives de cocina muy generosos. Clases de gimnasia, dedicatorias de cumpleaños y algunas otras formas de algo que podemos llamar tanto vacío como amor.

Por debajo, una red que se teje como un abrazo invisible. Un grupo de tres mil personas escriben tres mil caracteres todos los días para resistir, leerse entre grupos, pasar el tiempo o escupir el corazón. Al menos una conversación por día con amigos que viven en el exterior y ahora tienen el mismo tiempo que vuelvo a tener yo para atender los cuidados de nuestra amistad desde lejos. Compartir visiones de un futuro incierto, distintas maneras de manejar. Música. Tiempo. Mi mamá bailando Eydie Gormé con su novio en un video, diciéndome que espera abrazarme pronto. Mi mamá es más miedosa que yo. La última vez que le pedí un abrazo se puso nerviosa diciéndome que la intimidaba que siempre quisiera habitar algo más profundo. Me pregunto si eso también la intimidaría en el próximo mundo.

Con un amigo nos compartimos música todas las mañanas para acompañar el desayuno. Empezamos juntos. Me muestra su mate. La luz entra por su ventana y convierte a la yerba en un posible jardín. Se teje una forma nueva de comunicarnos, los dos lo sabemos. No me refiero a la comunicación por internet llena de pantallas, baterías y cables. Sino eso que sucede cuando todos estamos en la misma y no hay lugar para esconder la soledad de uno ni de otro. Algo que en el mundo de hace dos semanas tapábamos con una manta.

Estamos compartiendo la existencia, dijo mi amiga Laura dos meses antes de que todo esto pasara. ¿Una forma de premonición? Ambas estábamos ya sumergidas en un desierto interno. Mientras celebrábamos el año nuevo, Macarena empezó a insistir en que mejor festejáramos el dos mil veintidós. Incluso se inventó una canción que cantamos todos hasta el amanecer mientras yo besaba una rana y otro chico corría desnudo por el maíz.

Cuando hablamos de concentrar como jugadores de fútbol fue una premonición.

Cuando hablamos de las cosas simples como el pebete de jamón y queso: otra premonición.

Cuando me di cuenta que estaba viviendo en un tiempo acelerado. Los planes del otro lado del mundo me sacaban del presente y de repente vi que existía un ahora. Madeleine se acercó a mí en el medio de la fiesta y me dijo: mirá, una chica con pañuelo abortero en Miami. La vi, empezamos a conversar entre todas y fue como despertarme de un sueño de más adelante. Otro indicio que me dejó sentir el viento de mar por última vez en quizás mucho tiempo.

Cuando aprendí que pisar con los talones es vivir en el pasado y lo probamos juntos con amigos en el pasto. Otra premonición es el enraizamiento. Cuando dije que quería escribir y solo escribir. Cuando soñé que le mandaba un mensaje a mi hermana diciéndole que se terminaba el mundo y tenía miedo. Me pregunto cuánto de todo esto fue una necesidad, cuánto se buscó.

 

Mientras, una conexión ambigua y flotante emerge en los detalles de una rutina nueva.

Busco un respiro pensando en la naturaleza, ese pulmón de la tierra que es el bosque. Pienso en mis caminatas por Finlandia. La humedad de pisar la naturaleza es un deseo recurrente desde el encierro. Mi primer viaje allá lo pasé escribiendo Los lugares equivocados y recorriendo bosques, perdiéndome en busca de lagunas nuevas. Al principio caminaba con miedo. Nunca tenía suficiente señal de Google Maps y adentrarse en el bosque sin un camino marcado me llevaba a un universo paralelo en donde alguna que otra tarde me inventé voces.

Finlandia es, de por sí, un bosque gigante. Cuando entrás al resguardo de sus árboles, una alfombra verde acolchonada no te deja distinguir si estás pisando agua o tierra firme. Pareciera que algo verde y vivo creciera desde lo subterráneo. Por todos lados aparecen hongos exóticos llenos de colores, a los que le sacaba fotos mientras ellos se preocupaban por digerir un pedazo de tronco muerto. La descomposición de las cosas puede ser el alimento de otro. La red existe. Los hongos son una pieza elemental para la vida del bosque. Durante siglos, los hongos fueron vistos como parásitos que causaban enfermedades o infecciones en los árboles. Ahora se sabe que varios tipos de hongos existen en una simbiosis silenciosa con las plantas, provocando no una infección sino conexión. Estos hongos envían tubos de hongos muy finos llamados hifas que se infiltran en el suelo y se entrelazan en las puntas de las raíces de las plantas y árboles del bosque. Las raíces y los hongos se combinan para formar las micorrizas, conjunto de palabras griegas para hongo (mykós) y raíz (riza). Las plantas se unen entre sí mediante una red de hifas subterráneas. Lo que era una infección termina siendo una nueva forma de estar juntos.


Quién no necesita un abrazo

Separarse durante una pandemia siempre es un precipicio voluntario.

Para empezar, uno puede confundir la angustia, esa roca pesada en la garganta y el pecho, con síntomas de gripe y defensas bajas. Hasta que la paranoia no atacara las conciencias y redes sociales, les preguntaba a mis amigas si esa roca que siento es cáncer. La sensación baja y baja desde la garganta hasta el estómago hasta que, según ellas, un día desaparece. Pienso que si caigo con un virus ahora, mi cuerpo no está fuerte. Es cierto que hay algo que te fortalece cuando te separás, una posibilidad de libertad auténtica, una afirmación evolutiva de quién querés ser. Los beneficios ocultos de la incomodidad. Por ahora, el cuerpo se muestra abatido por los meses previos nadando en el limbo de la indecisión, y la búsqueda de casa constante que tiene que ser inmediata. Tomar una decisión es escalar una montaña y ahora, ser práctica y útil es una materia mucho más difícil para mí. Necesito ver y entender el paisaje antes de seguir decidiendo.

En un país tercermundista donde no existen los respiradores para todos, la cuarentena me parece una responsabilidad y por eso me guardo. ¿Quién no necesita un abrazo cuando se separa? Los inmortales, aquellos que no existen en ninguna parte. Los que prefieren ocultarse en la cueva del enojo, un loopeo de terquedad puede ser una forma de potencia.

Soy tan buena para guardarme y escribir y leer y no hacerme cargo del mundo terrenal, pero ahora no tengo casa en dónde hacerlo y trato de resolver eso todas las semanas. Creo que tengo arrugas nuevas y hace ya dos meses, una nueva mirada. La incertidumbre por momentos me conviene y me abraza, y por otro lado, tengo miedo. Por primera vez en mi vida, no sé qué voy a hacer en los próximos dos días, ni dónde voy a vivir. Todos están en una, pero eso para mí nunca fue un consuelo porque cada historia es igual de valiosa pero diferente. Hace unas semanas estaba en terapia, y me largué a llorar con desconsuelo. No podía ni limpiarme la cara, estaba dispuesta a tragarme los mocos. Mi terapeuta se acercó y me dijo: “Majo, tenés una caja de carilinas al lado tuyo, casi toca tu cuerpo, y no la podés tomar”. Sé que mi aprendizaje ahora es saber pedir las cosas y superar el miedo a necesitar.

Tenía planes y teníamos todo. Cuando me fui de casa, iba a viajar a Vermont a escribir mi próxima novela y, de alguna manera, hacer un duelo de algo que se rompía de improvisto y que todavía no sé bien qué es. Las cosas mueren para volver a nacer. Sueño con un abrazo. Lo único que sé abrazar es lo que escribo, y ni siquiera. Estoy haciendo lo posible por mejorar.

 

¿Se va a morir alguien que quiero o que conozco? No resisto más muertes y a la vez, solo resisto. La presentación de mi libro va a tener que cancelarse y pensé en lo bueno de todo esto, en tratar de cambiar Internet para siempre por ejemplo, y empezar a usarlo para cosas verdaderas. Me gusta la gente que escribe y no para de crear en el medio de esta tormenta. Quiero ser una de esas personas. Es mi compromiso: crear para salvarnos. Ayer pensé que siguen existiendo los libros, la música. Las escenas de películas que no envejecen. Decidí abrir una campaña en mi página de internet en donde me ofrezco llevarle a la gente a la portería de sus casas, mi libro. Ahora entiendo más que nunca por qué se llama Los lugares equivocados: un libro que nace en el medio de una pandemia. Abrazo su nombre y me endulza pensar que lo va a leer gente sensibilizada por esta crisis mundial, y ablandarse un poco más como yo. Lo dije borracha el día que terminé de escribirlo: solo quiero que alguien me diga “me pasa lo mismo, gracias por decirlo”. Los diamantes se esconden en el propósito de una intuición. Todo lo que pasó hace unas semanas parece pertenecer a una vida anterior, que tiene coherencia cósmica con el espacio que ocupamos ahora, y en cómo nos preparamos para lo incierto.

Hace dos días, la angustia empezó a sentirse en el diafragma: ¿quiere decir que está bajando? Duele y me da menos hambre, pero me estoy cuidando, y estoy siendo responsable con una sola cosa: el presente y él. Quiero que él y todos estén bien. En ese objetivo, es imposible saltearse a uno.